RAÍCES HISTÓRICAS DE MENGÍBAR

MENGÍBAR EN LA PREHISTORIA

La historia de Mengíbar comienza a escribirse a orillas del río Guadalquivir hace aproximadamente 6.000 años, en Época Neolítica. Los descubrimientos arqueológicos realizados en la última década nos están permitiendo conocer mejor a aquellos primeros pobladores de estas tierras, hecho que ha venido a enriquecer enormemente nuestra memoria histórica al permitirnos retroceder de este modo hasta nuestro pasado más remoto.


Así pues, los trabajos arqueológicos llevados a cabo al Norte del actual casco urbano de Mengíbar, en el Polígono Industrial Andrés Párraga Vílchez, nos han permitido fechar este primitivo asentamiento en Época Prehistórica, concretamente durante la llamada Época Neolítica. Fue ésta una época de profundos cambios y avances culturales en la que los distintos grupos humanos, itinerantes hasta el momento, se sedentarizaron, dando lugar a lo que podríamos considerar los primeros poblados. Este sería el contexto en el que se enmarcaría la aparición del asentamiento que nos ocupa.


Hay que tener en cuenta que durante este período Neolítico el hombre comienza a comprender y dominar la naturaleza, produciéndose dos grandes avances en la vida del ser humano que supondrían una gran revolución en su existencia y posterior evolución: el descubrimiento de la agricultura y la ganadería.


De este modo, y ante la desaparición de la necesidad de trasladarse constantemente en busca de caza y frutos para recolectar, el hombre pasa a tener el control de la base de su existencia, el alimento, lo que le permite crear asentamientos permanentes. Esto favorece no sólo el crecimiento demográfico de la población, sino que además supone disponer de más tiempo para desarrollar las capacidades intelectuales, sociales y culturales, apreciándose de este modo una clara evolución del arte, la industria lítica, la cerámica...


Es en este momento de cambio en el que uno de aquellos grupos itinerantes de población decide establecerse a orillas del río (cerca de la confluencia del Guadalquivir y el Guadalbullón) aprovechando las favorables condiciones del sitio, que no sólo ofrecería al grupo recursos hídricos y alimenticios en abundancia favoreciendo, entre otras, la agricultura, sino también interesantes ventajas estratégicas y de defensa frente a posibles ataques de otros grupos de población.


Con el tiempo este núcleo inicial iría creciendo hasta convertirse, hace unos 5.000 años, en un poblado de dimensiones considerables con un índice de población relativamente elevado. Sus cabañas estarían diseminadas por una amplia zona, quedando separadas por espacios abiertos de terreno en los que desarrollarían las distintas actividades de la vida cotidiana tales como la talla de piedra para la fabricación de útiles y herramientas de trabajo, la elaboración de distintos tipos de recipientes de arcilla para cocinar y guardar los alimentos, la guarda del ganado en pequeños rediles, la confección de prendas de vestir en pequeños telares, el curtido de las pieles, el tratamiento de los alimentos mediante el despiece y secado de algunas piezas de carne y pescado, la fabricación de objetos de cestería o la molienda manual del grano recogido en los campos de los alrededores utilizando pequeños molinos de piedra.


Con el tiempo la población se iría concentrando hacia el Noroeste del Polígono, tal vez como consecuencia de un descenso más o menos brusco de la población debido, quizás, a alguna epidemia o incluso a la escasez de alimentos provocada por la propia presión demográfica ejercida sobre el entorno inmediato (tal vez como consecuencia de la sobreexplotación de los recursos y ante un posible período de escasez, se hiciera precisa la división de un sector de la población con el objetivo de buscar nuevas tierras en las que asentarse y de las que abastecerse).


Sin duda lo que parece claro es que en algún momento indeterminado entre finales del Neolítico y principios de la Edad del Cobre se crea un espacio fortificado mediante empalizadas de madera en un área ya mucho más reducida, en cuyo interior suponemos que se concentraría la mayor parte de la población (seguramente menos numerosa que en la fase anterior), quedando protegidos de este modo los habitantes y sus pertenencias de posibles amenazas externas (tanto ataques de otras poblaciones rivales como de animales que pudiesen merodear por los alrededores, etc.).


Tal vez gracias a ello y como consecuencia de un período de mayor estabilidad, es posible que la población volviese a aumentar hasta sobrepasar los límites defensivos iniciales del asentamiento, lo que daría lugar en el último momento de la ocupación a la creación de una muralla de piedra que, ya en la Edad del Cobre, permitiría proteger con mayor eficacia el poblado.


En cuanto a la composición del asentamiento, existiría un número bastante elevado de cabañas y silos, además de hogares para cocinar y fosas de incineración, vertederos para acumular los desperdicios y fosos.


Así, las viviendas podían ser de dos tipos principalmente: grandes cabañas subterráneas excavadas en el suelo a gran profundidad (pudiendo superar los dos metros) con forma más o menos esférica, y fondos de cabaña circulares considerablemente más pequeños excavados a escasos centímetros de la superficie. Sin embargo en cuanto a su aspecto, en ambos casos es muy posible que la parte visible sobre el terreno estuviese construida a modo de choza, levantando las paredes y la techumbre con materiales orgánicos vegetales (ramas, cañas…), tal vez revestidos de pieles o gruesas capas de arcilla endurecida semi-cocida para aislar el interior y protegerlo de las inclemencias meteorológicas externas.


Algo similar podría ocurrir en el caso de los silos de almacenaje, excavados en el subsuelo en forma normalmente esférica o acampanada. También en este caso podrían contar con un sistema de cierre en la superficie elaborado a partir de materiales vegetales (tablas, ramas…) tal vez revestidos de arcilla endurecida para impermeabilizar y proteger el interior del viento, la lluvia o la rapiña de algunos animales. Posiblemente la cubierta estaría reforzada con piedras o algún otro elemento pesado para evitar que el viento o los animales la levantaran con facilidad.


En cuanto al sistema defensivo levantado en las sucesivas etapas de ocupación del asentamiento podemos decir que tanto las empalizadas de madera (tal vez levantadas a finales del Neolítico) como la muralla de piedra (construida con toda probabilidad ya en la Edad del Cobre, en la última fase de ocupación del poblado) estarían reforzadas con torres semicirculares.


En el primer caso, todavía no se sabe si se trataba de un sistema de doble empalizada ideado para dificultar la entrada al asentamiento en caso de ataque, o si por el contrario fueron levantadas en momentos distintos. Además, la empalizada exterior podría tener a su alrededor una especie de pasillo de más de 3´5 metros de anchura a casi un metro por debajo del nivel del terreno que podría convertirse en un elemento de apoyo a la defensa de la empalizada, al crearse de este modo una especie de cinturón más profundo a su alrededor que posiblemente daría cierta desventaja a sus atacantes al verse en la obligación de tener que superar ese desnivel para acceder a la empalizada.


En el caso de la muralla de piedra, sin embargo, parece lógico pensar que dicha estructura rodearía todo el asentamiento, aunque por los escasos restos detectados hasta el momento cabe también la posibilidad de que, tal vez como consecuencia de la llegada de una época de carestía o de mayor inestabilidad social que propiciase finalmente el abandono del poblado, la construcción de la muralla quedase inacabada.


A pesar de todo, y en función de los resultados de las últimas excavaciones arqueológicas realizadas en el Polígono, no parece haber evidencias de una conflictividad social con otras poblaciones. En realidad, excepto por los sistemas defensivos del propio asentamiento no se han detectado indicios que permitan pensar que sufriera algún tipo de amenaza externa, por lo que estas defensas podrían ser sobre todo un elemento simbólico de prestigio, y no tanto un elemento disuasorio y de defensa real.


Por el contrario, todo parece indicar que la población se desenvolvería en una época bastante pacífica, probablemente dedicada a la explotación agropecuaria del territorio. De hecho, por los restos de semillas y huesos de animales analizados sabemos que conocían y probablemente cultivaban cereales como el trigo o la cebada, al tiempo que se alimentaban de carne de vaca, ciervo, oveja o cabra, cerdo o jabalí, dieta que con toda probabilidad estaría complementada con la pesca gracias a la cercanía del río Guadalquivir.


También tenían cierto grado de conocimiento de la metalurgia del cobre, puesto que se han encontrado algunas escorias que indicarían un incipiente desarrollo de estas actividades metalúrgicas. Además, el análisis de un pequeño cincelito de cobre recientemente hallado ha permitido saber que fue elaborado en la zona hace unos 4.000 años con minerales procedentes de Sierra Morena Central y Oriental.


Por lo demás, lo cierto es que apenas han aparecido puntas de flecha, lanza u otros elementos similares que se pudieran asociar con el armamento y que pudieran hablarnos de posibles rivalidades con otras comunidades, al igual que tampoco se han encontrado niveles de incendio o estructuras destruidas que hiciesen pensar en la destrucción violenta del asentamiento. Por tanto, en cuanto al final de esta ocupación lo cierto es que, por causas aún imprecisas, durante la Edad del Cobre parece que se produce un despoblamiento general en el entorno del Guadalbullón y el Guadalquivir que viene a coincidir con el gran aumento espacial del asentamiento de Marroquíes Bajos en Jaén, que se acabará convirtiendo en una gran aldea de dimensiones hoy en día casi impensables para aquella época. Esto podría guardar relación con el abandono del asentamiento del Polígono Industrial (posiblemente alrededor del año 2.000 a.C.), cuyos pobladores pudieron trasladarse a la zona de Marroquíes Bajos o a otros puntos más cercanos tales como Cerro Maquiz, donde se conoce la existencia de un asentamiento de aproximadamente esta misma época.


Emilio Plazas Beltrán
Alicia Nieto Ruiz
Arqueólogos

ÉPOCA IBÉRICA

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El mayor hito de la ocupación ibérica del término municipal de Mengíbar se correspondería con el oppidum de Iliturgi y las distintas necrópolis que este importante núcleo de población tendría asociadas. Debemos señalar que aunque hasta hace muy poco tiempo se consideraba que este poblado se habría alzado en Cerro Maquiz, recientes excavaciones arqueológicas realizadas en la falda Este del Cerro de la Muela por el Estudio de Arqueología Arqueo Iliturgi S.L.P. han demostrado la existencia en este punto de un urbanismo ibérico de gran envergadura, lo que unido a los resultados obtenidos con las más recientes prospecciones realizadas en la zona por el Instituto Universitario de Arqueología Ibérica de la Universidad de Jaén, parece venir a demostrar que la localización exacta de la ciudad ibera se localizaría en realidad en el yacimiento conocido como “Plaza de Armas del Cerro de la Muela”.

 

De cualquier modo, el principal hallazgo de esta época se correspondería con los llamados “Bronces de Maquiz”, descubiertos de manera accidental en 1860 por unos labradores en la finca de Maquiz, y siendo uno de los primeros hallazgos importantes relacionados con la cultura ibérica que se produjo a nivel nacional. Con toda seguridad habrían aparecido en el interior de lo que sería la tumba del Príncipe de la ciudad de Iliturgi, que seguramente habría sido enterrado con su ajuar funerario completo, incluyendo un espectacular carro funerario. Desgraciadamente, el hecho de que esta importantísima tumba fuese descubierta a mediados del siglo XIX ha provocado que la información histórica que hubiera podido proporcionar su excavación arqueológica se haya perdido para siempre.


De este modo, uno de sus descubridores declaró al historiador y arqueólogo D. Manuel de Góngora y Martínez acerca del hallazgo lo siguiente: “Haciendo una cava al pie [de Cerro Maquiz] para sembrar para el otoño de 1.860, halló Antonio Castro vecino de Mengíbar cuatro bronces que representaban otras tantas cabezas de loba, a dos de las cuales se veían además adheridas otras dos de muger. Esto le hizo entrar en codicia y con auxilio de un compañero siguió cavando y descubrió dos campanillas una como tapadera de bronce y considerable número de barras de hierro tan oxidadas que se hacían pedazos con las manos”.


Trasladando la información proporcionada con los datos que en la actualidad tenemos del mundo ibérico, podemos señalar que los hierros oxidados se corresponderían con parte de la estructura del carro funerario y que las 4 cabezas formarían parte de su decoración. Como ya hemos señalado, aunque los restos arqueológicos no fueron estudiados científicamente en su contexto original, la mayor parte de los investigadores actuales datan las Cabezas de Bronce de Maquiz en la época Ibérica Plena (entre los siglos IV-III a.C.), aunque hay otros que piensan en una antigüedad aún mayor (en torno al siglo VI a.C.).


Las cabezas de bronce formarían parte de los elementos decorativos del carro, siendo probablemente parte de la lanza o del yugo, de ahí que conserven anillas o asas circulares (enteras o simples arranques), interpretadas como pasarriendas para amarrar los animales de tiro al asta del carro.


Así pues, el carro era un elemento de prestigio y de lujo con el que el príncipe aristócrata llegaba a la escena del combate, luchando después cuerpo a cuerpo con su enemigo. En el momento de su muerte era colocado en el interior de su tumba, quizás para transportarse también con él al más allá. Desde el punto de vista iconográfico, podríamos decir que en este carro fúnebre el lobo, en actitud amenazante, se identificaría como un animal de tránsito entre el mundo de los vivos y el mundo de los muertos, como un ser infernal, de ultratumba. Quizás la cabeza humana conectada con la cabeza de lobo podría representar al personaje enterrado o a uno de sus antepasados, personaje fundador del linaje del o de los individuos enterrados en esa tumba.


Emilio Plazas Beltrán
Alicia Nieto Ruiz
Arqueólogos

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